jueves, 21 de agosto de 2008

Cosas de la ciudad

Una noche pasadas las once, miraba por la ventana de mi dormitorio, en Westcombe Park Road, vi mi auto estacionado roseado con la lluvia de siempre; vi pasar a dos mujeres hindúes vestidas en Sari, madre e hija, en naranja y rojo, ambas con el lunar o bindi de Vishnu en la frente; vi a un hombre entrar a su casa dejando primero pasar al perro por su puerta, luego vi la luz del umbral de la casa apagarse. Salí de la ventana.

Tome de la mesa la botella de un tinto bordolés que bebí con algunos amigos en la cena. Me serví la última copa. Vino ligero, de viva transparencia, vino de fotografía. Jugaba con él, agitándolo en forma circular, llevándolo a la luz para poder captar su mejor brillo de luminosidad rubí. Escuchaba el bolero de Ravel. Recuerdo que quizá fue un AOC Fronsac, probablemente Merlot con algo de Cabernet Franc. Fronsac es la Appelation que queda al oeste de Saint Emilion, en el lado derecho del banco del río Dordogne. Los Fronsac son vinos regularmente con cuerpo y de larga vida, el que bebí era ligero, para beber en su primeros dos años, una rareza de la región y sin duda amigable en precio.

Luego esa calma de domingo desapareció por veinte minutos cuando me hizo saltar hasta el techo el aterrador chillido de un animal. Boté la copa de vino por el sobresalto, copa ya bebida, mojó con unas gotas del tinto una servilleta blanca de la mesa. ¡Caramba, qué fue eso! a este animal (un gato probablemente) lo habría atropellado un auto? Pobre gato pensé. Maullaba escandalosamente una y otra vez, prolongados chirridos que me hacían pensar que la llanta del auto estaría aplastando su pata y no podía zafarse, chillaba de dolor, de miedo, chillaba llamando a Dios para que lo recoja.

Qué dolor! bajé a socorrer al gato, tenía que sacarlo del problema en que se encontraba, así la sangre salpicara o su cabeza estuviera entre el suelo de asfalto y la llanta trasera, con las patitas delanteras sujetas al tambor del freno y la cola enredada o partida debajo del parachoques. ¡Qué horror, qué escena iré a encontrar!, pero eso no importaba, ¡Tenía que ayudar al pobre animal!

Salí a la calle, resbalé y para no caer apoyé mi mano en el capot de mi auto, moje mi mano, me paré en medio de la calle, volteé la cara varias veces, corrí a la esquina, corrí unos metros en toda dirección para hallar la trágica escena… pero nada, no había carro arroyando gato. Solo veía autos estacionados, luces de postes, veredas húmedas, finalmente me vi a mi mismo reflejado en la luna de mi auto, sólo, en silente calle de restos de lluvia y sin animal accidentado… cuando de repente a unos 30 metros apareció la figura de un animal cruzando la calle; libre él, salvaje él, desconfiado él, se paró en medio de la pista y levantando su cabeza hacia el cielo mirando la luz de la única estrella londinense, chilló, chilló como si lo hubiera atropellando un auto, como si estuviera siendo estrangulado por las feroces llantas sobre su cuello. Me sorprendió, reí nervioso.

Un carro que venía por la curva de la calle alumbró al animal que no se retorcía de dolor sino que más bien parecía, cuello arriba, llamar a su jauría, era un zorro. Luego vi a otro zorro más pequeño, ambos huyeron al sonido del auto… uno lamiendo la cara del otro. Se perdieron en la oscuridad.

La noche siguiente en Ashburnham Arms Pub, me enteré que en Londres viven zorros de cola roja. Unos los cuidan y los dejan vivir en sus casas, otros simplemente los eliminan.

Jugué una partida de pool con un desconocido, siempre a las rojas. Gané y bebí una cerveza en honor al zorro. Me fui a casa. En mi cuarto encontré la servilleta con las manchas del tinto.

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