jueves, 21 de agosto de 2008

Carta de Presentación

CAFernando Medina Figueroa

En 1995 Fernando Medina Figueroa regresa al Perú luego de vivir 6 años en Europa donde estudió una maestría MBA en Hull University, Inglaterra y con Sunday Times Wine Club de Hugh Jhonson se inicia en el mundo del Vino.

En 1997 toma un par de cursos de Vinos en Chile organizados por la tienda especializada en vinos “WINE HOUSE”. “Vinos de Chile” – “Introducción al Vino”. Ese mismo año importa diversas marcas chilenas e inicia en Perú el primer Club de Vinos.

En 1998 funda Wine Cellars La Primera Casa de Vinos de Lima, con la que realiza diversas actividades entre las que destacan la publicación del semanario de vinos Wine Review, Catas, Cursos y Eventos de Vinos. Se inicia socialmente el desarrollo de la cultura del vino en Lima.

En 1998 se dan las primeras entrevistas periodísticas. Comenzando con el programa de Cesar Hildebrant, en transmisión vía micro ondas desde la nueva casa de Vinos. Asimismo, la revista Caretas publicó una nota sobre “Wine Cellars”. En los siguientes años diversos medios lo entrevistan, destacando: Opportunities”, “Etecé”, “RPP”, “CPN con Zenaida Solis”, “Radio San Borja”, “CANAL N”: Noticieros, Agenda Cultural, Semana Económica, “Polizontes”, “La Hora de TOLA”, etc.

Entre el 2000 y 2003, participa como juez en eventos de Gastronomía o enología: Le Cordon Blue, Gastrotour, D’Galia, Hispano Americano.

En 2001 abre las puertas al tema del maridaje en Perú, instituyendo el evento Copa & Plato. Los mejores restaurantes de la capital acogieron esta iniciativa: Antica Trattoria, La Rosa Náutica, Huaca Pucllana, Perroquet, La Cofradía, Astrid & Gastón, La Gloria, San Felice, Da Luciana, Rafael, Brujas de Cachiche, Alfresco, Mare e Monti. Asimismo, las empresas representantes de marcas de vinos y piscos ven con buen ojo la propuesta y se unen a Copa & Plato: Viña Alberdi, Viu Manent, Umberto Cesare, El Coto, Viña Mayor, Marques de Riscal, Navarro Correas, Montes, Señorío de Nava, Santa Rita, Viña Carmen, Doña Paula, Concha y Toro, Trapiche, Maison Nicolás, Asti Gancia, Cono Sur, Viña Huelken, Viña Canepa, Viña Valdivieso, Bodega Sta. Florentina; Pisco Don Cesar, Pisco Don Isidoro, Pisco Viejo Tonel y Pisco El Rincón.

El 2001 Fernando Medina es invitado a Mendoza, Argentina, para dar una charla sobre el Pisco a la comunidad del vino mendocino (enólogos, propietarios de bodegas) y a estudiantes universitarios.

El 2002 el más importante diario del país, El Comercio, publicó cada una de las 12 ediciones de Copa & Plato en su sección de Gastronomía, y en el resumen anual del 2002 Copa & Plato es mencionado como una actividad importante en la capital peruana.

En el mismo año paralelamente, se realiza también un MARIDAJE A CIEGAS con los platos del restaurante Segundo Muelle, reuniendo a más de 60 vinos y contando con un grupo importante de gastrónomos y enófilos limeños como jurado.

El 2002 Wine Cellars tiene otro giro natural, consecuente con su trayectoria, e incursiona entusiasmadamente en el mundo de las comunicaciones formando un programa semanal de vinos en Radio Filarmonía 102.7 FM. Meses después inicia la edición semanal de una página de vinos en el diario SÍNTESIS (diario limeño de economía y negocios). En 2002 es invitado para ser juez de vinos de la Guía de Vinos de Argentina y asistir en Santiago a la presentación de los 10 años de la guía de vinos de Chile. El 2003 inicia un nuevo programa de vinos y gastronomía “La buena mesa” todos los sábados en 1160 Radio Noticias. El 2004 y 2005 viaja por diversas ciudades del Perú para dictar clases de enología en la escuela CENFOTUR. El 2006 y 2008 dicta cursos de vinos y maridaje para la Facultad de Administración Hotelera de la Universidad San Ignacio de Loyola y el Instituto San Ignacio de Loyola.

Fernando Medina viene trabajando incansablemente en pro del desarrollo de la cultura del vino en el país, su contribución en la organización de catas, cursos, cartas de vinos y otros eventos, ha permitido multiplicar el interés del público, así como las actividades relacionadas a esta noble bebida.


Cosas de la ciudad

Una noche pasadas las once, miraba por la ventana de mi dormitorio, en Westcombe Park Road, vi mi auto estacionado roseado con la lluvia de siempre; vi pasar a dos mujeres hindúes vestidas en Sari, madre e hija, en naranja y rojo, ambas con el lunar o bindi de Vishnu en la frente; vi a un hombre entrar a su casa dejando primero pasar al perro por su puerta, luego vi la luz del umbral de la casa apagarse. Salí de la ventana.

Tome de la mesa la botella de un tinto bordolés que bebí con algunos amigos en la cena. Me serví la última copa. Vino ligero, de viva transparencia, vino de fotografía. Jugaba con él, agitándolo en forma circular, llevándolo a la luz para poder captar su mejor brillo de luminosidad rubí. Escuchaba el bolero de Ravel. Recuerdo que quizá fue un AOC Fronsac, probablemente Merlot con algo de Cabernet Franc. Fronsac es la Appelation que queda al oeste de Saint Emilion, en el lado derecho del banco del río Dordogne. Los Fronsac son vinos regularmente con cuerpo y de larga vida, el que bebí era ligero, para beber en su primeros dos años, una rareza de la región y sin duda amigable en precio.

Luego esa calma de domingo desapareció por veinte minutos cuando me hizo saltar hasta el techo el aterrador chillido de un animal. Boté la copa de vino por el sobresalto, copa ya bebida, mojó con unas gotas del tinto una servilleta blanca de la mesa. ¡Caramba, qué fue eso! a este animal (un gato probablemente) lo habría atropellado un auto? Pobre gato pensé. Maullaba escandalosamente una y otra vez, prolongados chirridos que me hacían pensar que la llanta del auto estaría aplastando su pata y no podía zafarse, chillaba de dolor, de miedo, chillaba llamando a Dios para que lo recoja.

Qué dolor! bajé a socorrer al gato, tenía que sacarlo del problema en que se encontraba, así la sangre salpicara o su cabeza estuviera entre el suelo de asfalto y la llanta trasera, con las patitas delanteras sujetas al tambor del freno y la cola enredada o partida debajo del parachoques. ¡Qué horror, qué escena iré a encontrar!, pero eso no importaba, ¡Tenía que ayudar al pobre animal!

Salí a la calle, resbalé y para no caer apoyé mi mano en el capot de mi auto, moje mi mano, me paré en medio de la calle, volteé la cara varias veces, corrí a la esquina, corrí unos metros en toda dirección para hallar la trágica escena… pero nada, no había carro arroyando gato. Solo veía autos estacionados, luces de postes, veredas húmedas, finalmente me vi a mi mismo reflejado en la luna de mi auto, sólo, en silente calle de restos de lluvia y sin animal accidentado… cuando de repente a unos 30 metros apareció la figura de un animal cruzando la calle; libre él, salvaje él, desconfiado él, se paró en medio de la pista y levantando su cabeza hacia el cielo mirando la luz de la única estrella londinense, chilló, chilló como si lo hubiera atropellando un auto, como si estuviera siendo estrangulado por las feroces llantas sobre su cuello. Me sorprendió, reí nervioso.

Un carro que venía por la curva de la calle alumbró al animal que no se retorcía de dolor sino que más bien parecía, cuello arriba, llamar a su jauría, era un zorro. Luego vi a otro zorro más pequeño, ambos huyeron al sonido del auto… uno lamiendo la cara del otro. Se perdieron en la oscuridad.

La noche siguiente en Ashburnham Arms Pub, me enteré que en Londres viven zorros de cola roja. Unos los cuidan y los dejan vivir en sus casas, otros simplemente los eliminan.

Jugué una partida de pool con un desconocido, siempre a las rojas. Gané y bebí una cerveza en honor al zorro. Me fui a casa. En mi cuarto encontré la servilleta con las manchas del tinto.

Mi primer café

Mi primer buen café fue de casualidad, ocurrió una mañana en el sur este de Londres, en una estación de trenes cercana a Cutty Sark, el famoso velero del siglo XIX usado en sus inicios para el transporte de hojas de té desde China, auténtico icono de la historia de la navegación a vela que desapareciera en un incendio en Mayo del 2007. Greenwich Station era una estación antigua, de ladrillo pequeño bien formado, de color marrón oscuro, como ocre, tenía al fondo un solo pasillo corto flanqueado por una baranda de tubo de metal que te dirigía a la entrada y salida de trenes; al lado izquierdo entrando a la estación estaba la boletería y al otro extremo una banca larga similar a las que vemos en los hospitales. Ahí, en un espacio reducido encontré una pequeña cafetería. Pedí café... Desde entonces, me inicié como aficionado al café y a buscar cafeterías, templos del café fino. Ahora que lo pienso, yo tenía varios templos donde seleccionaba religiosamente qué café beber.

Esta bebida la conocí de casualidad, esa la mañana fría londinense mojé mis labios con una taza de café colombiano, mientras que la encargada del cafetín me daba una cátedra sobre los cafés de Argelia, Zaire y de otros granos del fin del mundo. No sabía nada del buen café, hasta que tomé el sorbo celestial en blanca taza que salseaba aromas y redondo sabor. ¡Estupendo! Pensé, bebí, mire a la mujer, tomé granos con la mano, pasaron mis ojos por la pizarra negra donde estaban, escrito en tiza, los países de procedencia de los frescos granos que ofrecían, con los precios en libras esterlinas, of course! Recé café esa mañana y desde entonces cafeteé en Londres. Critiqué algunos, alabé otros. En Black Heath, Kings Cross y Paddington Station bebí cafés de Vietnam, Etiopía, Guatemala, Brasil, Perú, Indonesia.

Caminatas sobre lluvia inesperada me arrimaban a una cafetería, como alguna tarde en vereda al lado de las piedras grises de la costera del Támesis, me dirigían siempre al café de sol, calor y abrigo. Mi afición llegó a la cúspide cuando en mi barrio de Greenwich compré en una tiendita Gourmet café en packing tipo 4D, de granos procedentes de Colombia, compré también mi cafetera italiana de ese modelo de cintura apretada, parecidos a los relojes de arena.

Mi landlord que en su vida tomó una taza de café fino, me miró a la cara y en londinense acento, me dijo - Hey this is a really nice cofee, indeed, eeerr!! but I prefer my tea from China!.

Un domingo en Londres

Era domingo, de esos domingos lejanos a todo, sin obligaciones, sin ninguna novela corta que leer o dibujos a lápiz de anónimo autor árabe que revisar. La luz del día atravesaba el dormitorio, el aire entraba por media ventana, ese espacio de media cortina abierta dejaba ver parcialmente el movimiento de las ramas y la firmeza del tronco del roble; igual se podía ver la curiosa y repetida arquitectura clásica inglesa, probablemente arquitectura de post-guerra, casas construidas en ladrillo oscuro firme, sus ventanas dobles con marcos blancos. Pude recordar, viendo las casas inglesas, las casas cúbicas de Rotterdam cerca al río Maas, que no muy lejos pintaba de fierro las aguas el puente Willems. Me acerque a la ventana y corrí la cortina totalmente, la luz del día dominó el dormitorio.

Esa mañana pensé pasar el día en casa, leer el diario, hacer una pasta escurridiza en salsa de tomates frescos, lonjas delgadas de pierna de cerdo derretidas en la cocción con ajos, 1/2 cebolla finamente escondida, aceite de oliva, queso parmesano, hongos, laurel, sal y pimienta. Mejorar, como algunos enólogos rodenses creen y practican, aumentando 2% de Syrah a la Garnacha para afinarlo, decía, quizás mejorar una pisca una receta de pasta en salsa de tomate que pacientemente un siciliano de campo, cazador de palomas del Támesis del banco sur, me enseñó a preparar meses atrás - el truco para la salsa - me decía el italiano - es dejar ir el agua del tomate dándole vueltas eternas al vegetal en la sartén a fuego lento. Mi contribución al simple pero delicioso plato fue el agregar a la sartén en candela, los cortes de la pierna de jamón, el Parmegiano-Reggiano en la cocción, la mantequilla y el vino.

A medio día del domingo fui a la tienda de vinos de abajo, oliendo y probando con el despachador sus tintos jóvenes australianos, y por una razón vinera inexplicable, recordaba, dejando al despachador por un momento, los Cote du Rhone que bebí en Cardiff meses atrás, y pensar que en esos tiempos beber vino para mi era una cosa intuitiva, casi animal, guiada por un olfato salvaje, olfato de sobrevivencia, es que el vino descubierto había que seguirlo, dónde sea que se vaya, dónde sea que lo vuelva a encontrar. Tiempo después me enteré que los vinos Cote Du Rhone son una Appelation en la región del Rodano, junto a la otra Appelation Cote du Rhone Villages representa el 77% de la producción en la región. Los Cote Du Rhone Appelation deben beberse en sus primeros 3 años, las cepas que se usan por lo menos 40% es Syrah (en el norte) y Garnacha (en el sur) el resto en el vino es a criterio del enólogo usando mourvèudre y cinsault, entre otras cepas.

Ese domingo de media mañana la luz del día, de los robles y ventanas blancas dibujan las sombras del sofá, una parte de la mesa, la tasa de café y el radiocassette que sonaba música brasilera, Um ¡Oh! e um ¡Ah! de Tom Zé, la fresca futbolera de Ponta de lança africano de Jorge Ben, la imaginativa Eu só quero um xodó de Gilberto Gil, las populares Garota de Ipanema de Jobim y Asa Branca de Luiz Gonzaga. Bebiendo café esa mañana decidí quedarme en casa a cocinar mi pasta siciliana dejando pasar la ciudad en mi habitación, al igual que veía, cuando caminaba alejándome de las casas cúbicas en la ribera del Maas, al puente Willems dejar pasar embarcaciones hacia el atlántico.